Chile electrifica sus minas a toda velocidad, pero los seguros no han podido seguirle el paso
Camiones eléctricos ya recorren el desierto de Atacama, pero las pólizas de seguro siguen pensadas para motores a combustión.
En el norte de Chile, a miles de metros sobre el nivel del mar, algo silencioso está cambiando la forma en que se mueve la minería. Camiones eléctricos e híbridos recorren rutas polvorientas entre salares y plantas industriales, transportando litio y cobre sin emitir humo. Lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción ya es operación diaria en algunas de las faenas más importantes del país.
Novandino Litio inauguró recientemente la ruta de transporte eléctrico minero más larga de Chile: casi 470 kilómetros de ida y vuelta entre el Salar de Atacama y la Planta Química de Litio Carmen, en Antofagasta, cubiertos por cuatro camiones que no consumen una gota de combustible fósil. En paralelo, Lundin Mining sumó en su mina Caserones el primer camión híbrido eléctrico de categoría Ultra Class del país, un gigante de 300 toneladas reconvertido tecnológicamente. Y Minera Centinela ya opera la flota 100% eléctrica más grande de la minería nacional, con más de 50 vehículos funcionando de forma autónoma.
Esta transformación no es voluntaria del todo: la Estrategia Nacional de Electromovilidad establece que desde 2035 toda maquinaria nueva en minería y construcción deberá ser cero emisiones. Lo que hoy son proyectos pioneros será, en menos de una década, el estándar obligatorio del sector. Para Chile, cuya economía depende en buena medida del cobre y el litio, esto tiene implicancias que van mucho más allá de las faenas: afecta empleos, precios de exportación y la huella ambiental del país ante el mundo.
Sin embargo, hay un actor que no ha logrado adaptarse a este ritmo: el mercado asegurador. Las pólizas de seguros de flota y equipos contratistas en Chile fueron diseñadas para máquinas tradicionales, con motores a explosión, hidráulica y acero. Nadie pensó en ese momento en paquetes de baterías, software de gestión energética ni electrónica de potencia.
El problema concreto es que en un camión eléctrico, el componente más caro ya no es el motor: es la batería. Y precisamente ese elemento es el que las coberturas actuales tratan con mayor ambigüedad. Surgen preguntas sin respuesta clara en los contratos:
- ¿Qué ocurre si la batería se degrada prematuramente por las condiciones extremas de altura y temperatura del desierto?
- ¿Está cubierto un incendio originado en el sistema eléctrico del vehículo?
- ¿Cómo se define una pérdida total cuando el daño es al software o la electrónica, y no a la carrocería?
Las empresas mineras están adoptando esta tecnología a un ritmo que sus aseguradoras y corredores aún no han podido igualar. Esa brecha representa un riesgo financiero real: inversiones millonarias en equipos de última generación que podrían quedar parcialmente desprotegidas ante un siniestro. Para un país que apuesta por la minería limpia como pilar de su desarrollo, cerrar esa brecha es tan urgente como enchufar el próximo camión.